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Esenciales para observar el Desierto de Atacama

Para explorar el desierto de Atacama en profundidad, Nicolás Melo, instructor de guías explora, elige cuatro objetos que permiten descubrir Atacama en sus múltiples dimensiones, desde observar cristales microscópicos en la Cordillera de la Sal hasta las estrellas de la Nube de Magallanes.

1. Los Binoculares

Recuerdo que la primera vez que vi un gato montés fue en una exploración al altiplano. Paramos en una bajada, justo antes de llegar al salar. Yo sabía que allí vivía una colonia de vizcachas que podríamos fotografiar. Pero esa mañana no apareció ninguna, solo el viento. Continuamos nuestro camino con los binoculares y las cámaras en la mano, y de repente, a tan solo 10 metros, se nos cruza agazapado un pequeño felino. Tenía una cola larga, con anillos de color oscuro, y una mirada penetrante e indiferente. Continuó su camino cerro arriba, y como en el altiplano no hay árboles, pudimos seguir su trayectoria por un largo rato con los binoculares. A lo lejos vimos que el gato se sentó bajo un alero de rocas y se puso a descansar. Era un gato andino, sin duda: nariz negra, pelaje gris con manchas cobrizas, y mirada penetrante. Para mí fue un momento muy emocionante que confirmaba mi sensación de que el desierto solo aparenta estar vacío, cuando en realidad es un lugar lleno de singulares formas de vida. Solo hay que saber observar.

Al descubrir las formaciones en miniatura se abre un mundo caleidoscópico…

2. La Lupa

Después de que bajamos de la duna, pudimos dimensionar la textura de la planicie que habíamos visto al partir la caminata. Desde arriba nos parecía un queque de chocolate espolvoreado con azúcar flor. Cuando llegamos, vimos que ese dulce efecto era provocado por las evaporitas, un extraño tipo de roca que se forma en esta parte del desierto, donde su superficie craquelada está cubierta por un frágil manto blanco que cruje cuando caminas sobre él. Más allá, por el sendero, se perciben unos destellos: con las lupas se pueden ver las estructuras de los cristales, algunos de yeso, otros de sal. Al descubrir las formaciones en miniatura se abre un mundo caleidoscópico, tal como cuando usas esa lupa para observar una planta. Esos son los detalles que transforman el desierto.

3. La Ventana

Cuando llegas a la cumbre del volcán Licancabur, lo primero que haces luego de recuperar la respiración, es abrazar a tus compañeros de ascenso y agradecer. Es un momento muy emotivo, y no es para menos, llegar a esta cumbre de casi 6 mil metros de altura tan venerada y respetada por el pueblo Atacameño o Likanantay en lengua Kunza. Si aún hay tiempo y energía, es reconfortante caminar alrededor del cráter. En su borde hay construcciones Incas donde hace algún tiempo hacían sus ofrendas a la madre tierra. Al centro una laguna del tamaño de un campo de fútbol con historias dignas de ciencia ficción que a todo guía le gusta contar. Alrededor la vista es sobrecogedora, por el este Bolivia con las lagunas Blanca y Verde. Por el norte y el sur la línea de volcanes dormidos y hacia el poniente, confundido con el Salar de Atacama, una oscura mancha identifica el Ayllú de Larache, esa forma tradicional en que se organizan las comunidades atacameñas. En ese lugar, entre la vegetación del oasis, está el hotel Explora y esa preciada ducha de abundante agua caliente con vista al Licancabur.

4. El Observatorio

Nunca ha dejado de conmoverme el hecho de que observar las estrellas es un viaje en el tiempo. Cuando caminaba desde el hotel hacia el observatorio por la pasarela, preparándome para una sesión de astronomía, aparecía el cielo estrellado. Junto a la Cruz del Sur asomaba el objeto más lejano visible a simple vista, la Nube de Magallanes, que está a 160 mil años luz de distancia… Y yo ahí, de pie en esa plataforma al aire libre, observando luz de hace 160 mil años, de aquellos días en que el Neandertal recién habitaba la Tierra.

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