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Experiencias Patagónicas

Ya me lo habían dicho: en este lugar del mundo se puede hacer de todo, haya viento, lluvia, tal vez nieve o un sol fulgurante. Simplemente hay que estar bien preparado y listo para aventurarse en una tierra sorprendente. En el que fue mi primer viaje a la Patagonia, partí dispuesta a todo. Y no me llevé ninguna decepción.

Danielle de Luca, viajera explora.

Tomar el agua de lluvia

Las nubes se forman a media altura, y dejan ver los cuernos del Paine como envolviéndolos. Al levantar la mirada para descubrir las cumbres de granito casi verticales sobre mí, siento la fina lluvia que había estado cayendo sin que me diera cuenta. Vale la pena detenerse un momento a cubrirse mejor con un impermeable. Avancé lento, sin apuro, aprovechando que el paisaje cambia a cada paso y el angosto sendero me mantenía en una fila entre mis compañeros. Más adelante, cuando alguien decidió parar, busqué mi botella para tomar agua. Cuando la abrí, me di cuenta de que era posible llenarla con esas mismas gotas de lluvia que a esas alturas ya eran bastante más tupidas. Me aseguré un par de sorbos y la disfruté como nunca. Era agua de lluvia recién caída que me hizo sentir ese sabor dulce y terroso del agua fresca en Patagonia.

Navegar al glaciar Grey

Tuve que esperar varios segundos antes de que mis ojos se adaptaran a mirar cara a cara el reflejo del sol sobre el glaciar Grey. Aquí no es exagerado afirmar que la belleza te ciega. Llevar lentes de sol es un imprescindible. Cuando me encontré frente a este hielo enorme e imponente, me vi seducida por la intensidad de la luz, ese choque entre el sol y el hielo, el fulgor de los reflejos. La magnitud del paisaje me desafió a no perder detalle de absolutamente nada. Hubo momentos en los que me sentí como la miniatura de un diorama.

Paisaje sin fronteras

Caminando en medio de la estepa patagónica, en la mitad del sendero Aoenikenk, pude darme cuenta de lo pequeña que soy ante este paisaje que pareciera que no tiene límites. Por más que traté de posicionar mi cámara, no logré conseguir un encuadre que integrara todo. Las nubes corrían tan veloces en mi horizonte, que nunca conseguí atraparlas. En estos paisajes no existen las fronteras. No hay cámara fotográfica capaz de captar esa inmensidad. Por eso si vienes a la Patagonia, será mejor que dejes tu teléfono móvil y guardes tu cámara. Aquí, son nuestros ojos los que ocupan un lugar protagónico en la contemplación del entorno. Yo solo me preocupé de observar y respirar. La imagen perfecta quedó grabada en mi mente.

Al calor del fuego

En la Patagonia el rol del fuego siempre ha estado en un lugar preponderante. Instancia de reunión, de refugio, fue en torno al calor de una hoguera y a un mate caliente, el espacio para intercambiar las experiencias de la cabalgata de Río Serrano que hace poco habíamos terminado. Son los gauchos locales quienes protegen y conservan esta tradición. Es así como en medio de monturas, pieles y una robusta cocina a leña, fue posible sentarse a reposar, mientras los dueños de casa calentaban el agua para seguir el ritual.

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